Santo Domingo y el tránsito que enferma

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Santo Domingo se mueve. Pero lo hace al ritmo de la bocina, del tapón, del humo, del caos. Se mueve, sí, pero enferma.

En los últimos años, el tránsito en la capital dominicana ha dejado de ser simplemente un problema de movilidad para convertirse en un problema de salud pública. No se trata solo del tiempo perdido, de las reuniones a las que se llega tarde o del estrés acumulado. Se trata de algo más profundo, más grave y, hasta ahora, más invisibilizado: el daño real que el caos vial causa en el cuerpo y la mente de quienes vivimos aquí.

Respirar en Santo Domingo es cada vez más difícil

Diversos estudios internacionales han demostrado que la exposición constante a gases contaminantes como el dióxido de nitrógeno y el monóxido de carbono —emisiones propias del parque vehicular viejo y sin regulación— afectan directamente los pulmones, el corazón y el sistema inmunológico. En Santo Domingo, donde según estimaciones del INTRANT circulan más de 1.2 millones de vehículos, muchos de ellos en mal estado y sin control de emisiones, respirar aire limpio es un lujo que ya no se encuentra ni en los parques.

Y no se trata de una exageración. Basta con salir a la Avenida 27 de Febrero, a la John F. Kennedy, a la Luperón o a la Máximo Gómez en hora pico, para entender que el tránsito aquí no es una actividad cotidiana, sino una forma crónica de contaminación.

El estrés se volvió rutina

Pero el impacto más silencioso —y tal vez más subestimado— es el daño emocional y psicológico que genera este entorno. Los psicólogos lo llaman “estrés crónico por congestión urbana”. Aquí lo vivimos como una mezcla diaria de frustración, irritabilidad y fatiga mental.

¿Cuántas personas pasan más de dos horas al día atrapadas en el tráfico? ¿Cuántos padres llegan a casa sin energía para compartir con sus hijos porque han pasado el doble de tiempo que deberían entre tapones y bocinazos? ¿Cuántos profesionales comienzan su jornada laboral agotados antes de siquiera sentarse en su escritorio?

Lo que ocurre en Santo Domingo es que el tránsito no solo roba tiempo, sino salud emocional. La tensión constante, el ruido ensordecedor, la sensación de impotencia ante la anarquía vial y la agresividad que se multiplica entre conductores son ingredientes de un cóctel que está haciendo mella en la salud mental colectiva.

Una ciudad que enferma, no avanza

Decimos que queremos ser una ciudad moderna. Que aspiramos a atraer inversión, talento, turismo, innovación. Pero mientras tanto, permitimos que el caos del tránsito siga enfermando a nuestra gente, sin políticas públicas firmes, sin un rediseño serio del espacio urbano, sin desincentivar el uso masivo del vehículo privado.

Santo Domingo necesita más que elevados y túneles. Necesita una visión humana del transporte. Urge una inversión decidida en transporte público eficiente, seguro, limpio y digno. Urge una red de ciclovías funcionales y una planificación que priorice al peatón. Pero, sobre todo, urge reconocer que lo que está en juego no es solo la movilidad: es la salud de todos.

Porque una ciudad donde moverse enferma, no es una ciudad que progresa.


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